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Desarrollo Humano: la equidad más allá de los ingresos

Desarrollo Humano: la equidad más allá de los ingresos

Muy oportuno para el análisis de la actual coyuntura, el 9 de diciembre en Colombia, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) presentó su Informe de Desarrollo Humano. 

Argentina se encuentra ante una situación de desigualdad social grave y urgente que requiere acciones desde el Estado y la sociedad toda. En este contexto, la primera respuesta es la que corresponde y debe ser: atender el problema del hambre. Ahora, en términos de desar
rollo equitativo para todos, también a mediano y largo plazo, el contexto demanda reconocer aún más variables que rigen la equidad e ir más allá del tradicional análisis del nivel de ingresos.

Desde su creación en 1990, el Informe del PNUD presenta un Índice de Desarrollo Humano (IDH), que consiste en una forma distinta de analizar, por países, el mundo y sus progresos. El informe de este año se denomina “Más allá del ingreso, más allá de los promedios, más allá del presente: Desigualdades del desarrollo humano en el siglo XXI”. Suma una visión sin precedentes que indica que, a pesar de los avances contra la pobreza, el hambre y las enfermedades, las desigualdades sistémicas están dañando profundamente a las sociedades.

En síntesis, en el marco de la Revolución 4.0 que el mundo está transitando, el enfoque de desigualdad basado en el ingreso monetario es por supuesto indispensable, pero ya no suficiente. En esta última edición del IDH el PNUD argumenta que el pensamiento del siglo XX sobre la desigualdad global ya no funciona en el siglo XXI, y advierte que una nueva generación de inequidades está emergiendo. Explica que las grandes transformaciones en torno a la tecnología, la educación y el cambio climático están creando una “nueva gran divergencia”. 

Achim Steiner, administrador del PNUD, explicó durante la presentación en Colombia: “Las capacidades que la gente necesitará para competir en el futuro inmediato han evolucionado”; por ejemplo, la educación terciaria y universitaria y el acceso a banda ancha “son cada vez más imprescindibles para prosperar”.

Desde hace varios años distintos índices indican que la desigualdad no puede reducirse a una contraposición entre países ricos y países pobres, ni medirse únicamente por los ingresos de una persona. Pero la vinculación de este análisis con las nuevas tecnologías es un nuevo determinante. Particularmente, el informe señala que en América Latina y el Caribe la percepción de injusticia en la distribución de la riqueza ha aumentado desde 2012 y se ha vuelto a situar en los niveles de finales de la década de 1990. “Pero la desigualdad en la percepción de felicidad – o bienestar subjetivo, como también se la denomina -, que se había mantenido estable en la región desde 2014, ha aumentado desde entonces”.

El rol de las nuevas tecnologías 

Las políticas dirigidas a corregir la desigualdad deben empezar a aplicarse antes del nacimiento, incluida la inversión en el aprendizaje, la salud y la nutrición de los niños pequeños. En este “más allá” expresó Steiner que “en los 170 países y territorios en los que operamos, hemos observado un aumento de la demanda en las mismas esferas que amenazan con producir una nueva gran divergencia entre países y comunidades: el cambio climático y la tecnología”. Y ejemplifica: “Hemos observado, por ejemplo, que se nos solicita más nuestra colaboración en lo relativo a la manera de usar las tecnologías y las soluciones digitales para mejorar la participación ciudadana, promover la inclusión digital, luchar contra la corrupción y defender los derechos humanos”.

En este sentido, el informe alerta sobre dicha “nueva gran divergencia” en nuestras sociedades impulsada por la inteligencia artificial y las tecnologías digitales. Existen precedentes históricos de revoluciones tecnológicas que han creado desigualdades profundas y persistentes, como en el caso de la Revolución Industrial. Pero “la forma en que adoptamos y utilizamos las nuevas tecnologías está en nuestras manos, y pueden encauzarse de manera beneficiosa”.

A tal fin, el IDH recomienda políticas de protección social que, por ejemplo, aseguren la inversión en el aprendizaje a lo largo de toda la vida para ayudar a los trabajadores a adaptarse o cambiar de ocupación, así como un consenso internacional sobre la manera de gravar las actividades digitales – todo ello como parte de la construcción de una nueva economía digital, segura y estable, que promueva el desarrollo humano inclusivo.

Como conclusión de cara al futuro, resulta claro que todos los actores sociales tenemos responsabilidad ante esta interpretación de la equidad. En nuestro rol, las diversas organizaciones de la sociedad civil tenemos la responsabilidad de apoyar a los encargados de la formulación de políticas y a los tomadores de decisiones para que no solo se centren en los coeficientes de Gini y los impuestos – sin por ello restarles importancia -, sino que vayan más allá, para lograr hacer frente a las nuevas desigualdades surgidas en el siglo XXI. 

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