La huella ambiental y la proteína animal
15 agosto, 2018
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La presión demográfica, la creciente urbanización y el cambio climático ponen en jaque a los sistemas vigentes de producción de alimentos, cuya sostenibilidad es cuestionada por distintos actores en el mediano y largo plazo.

Paralelamente, la salud, la conciencia de cambio climático y la promoción del bienestar animal constituyen la base de una corriente creciente de estilo de vida y tendencia de consumo que viene impulsando a muchas personas (y también a muchas marcas) a cambiar su estrategia alimentaria.

Distintas perspectivas sobre la producción de proteína animal

Vivimos en un contexto mundial de veloz transformación sobre la forma en que vivimos y nos relacionamos con los alimentos. Ferias de alimentos éticos, campañas crecientes contra el consumo animal, gran cantidad de negocios y menús veganos en oferta son reflejo de esta tendencia mundial. En el Reino Unido, un estudio publicado por el diario The Guardian muestra que la tasa de crecimiento del veganismo en ese país es del 350% entre 2006 y 2016, y que el 20% de los británicos de menos de 35 años han al menos intentado realizar una dieta vegana.

Por el contrario, otras proyecciones plantean que el crecimiento de la población mundial impulsará mayor demanda de productos cárnicos, que incluso deberían aumentar en más de 200 millones de toneladas la producción.

América Latina y el Caribe fue la segunda región del mundo que más creció en su producción ganadera entre 1961 y 2007. En diciembre de 2011, la FAO planteaba que, si bien la producción intensiva es la clave para alimentar a las grandes ciudades en crecimiento, resulta indispensable “mejorar el uso de los recursos naturales y el desempeño ecológico” en la producción de proteína animal. Las repercusiones ambientales de estos sistemas ya se exponían como un motivo de preocupación.

Gases de efecto invernadero, desgaste del suelo, deforestación y altos niveles de consumo de agua son presentados como las principales consecuencias ambientales que genera el tipo de alimentación vigente y se constituyen en el peor ataque creciente que recibe la producción ganadera. De manera impactante y llevando a un extremo causal a la producción animal, el documental Cowspiracy (año 2014) se refiere a la industria animal de alimentos como una de las principales razones del deterioro planetario.

Esta lógica, que presenta a la industria de carne como la actividad más perjudicial para el ambiente, es muy negativa para países como Argentina, que a pesar de generar menos del 1% de los gases de efecto invernadero, por sus niveles productivos de proteína animal queda ubicado en el eje de tormenta frente a los países de mayor generación CO2, como China y Estados Unidos, que reúnen un 40% de las emisiones totales del planeta.

Diversas estrategias frente a los desafíos

Es necesario repensar en estos desafíos para una industria enormemente significativa en la producción agropecuaria, fuente de trabajo y seguridad alimentaria para millones de personas.

Las tres vías para lograrlo señaladas por la FAO en 2011 eran: la reducción del nivel de contaminación generado; la reducción de los insumos de agua necesarios y el reciclado de los productos agroindustriales secundarios.

Por su parte, la ONU ha promovido en distintos momentos una dieta global con menos carne y lácteos, particularmente vinculado al cuidado de agua, con la intención de reducir la huella hídrica de la producción de proteína animal bajando su consumo.
Esta estrategia de limitar el consumo, aunque por distintas razones, también es promovida por la Organización Mundial de la Salud. En 2002 la OMS recomendó que las personas que comen carne deben moderar el consumo de carne procesada para reducir el riesgo de cáncer colorrectal, reforzando esto con el estudio realizado por el Programa de Monografías del Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC) en 2014. Múltiples recomendaciones de salud centradas en la reducción de la ingesta de grasa y sodio también aconsejan limitar el consumo de carne procesada y carne roja por vincularlos a un mayor riesgo en enfermedades cardiovasculares, la obesidad y la diabetes.

Frente a esta situación, la ciencia e investigación también han reaccionado. Surge una respuesta incipiente desde la agricultura celular y la biología sintética: la carne cultivada o carne sintética, llamada “clean meat” en USA. En términos de eficiencia, costo y calidad, parece ser una solución alternativa, ya que el impacto ambiental de este modo de producción es considerablemente inferior al tradicional. Aún resta combatir el escepticismo de muchos sectores, pero existen múltiples inversiones que apuestan a este modo de producción y se estima que la carne cultivada estará disponible para el consumidor en USA y Asia en pocos años.

Las estrategias mencionadas probablemente convivan y se complementen mutuamente en un futuro cercano. En particular en un país en cuyo mercado interno y externo la industria de proteína animal tiene tal trascendencia, la estrategia de rechazar este tipo de análisis y mirar hacia otro lado lograría convertir este déficit ambiental de la industria cárnica en una real amenaza. Por ello, para que el proceso tenga éxito, los Estados y las organizaciones sociales, ambientales y productivas son responsables de poner en agenda estas cuestiones y promover discusiones anticipatorias, informadas y que sobre todo garanticen la participación de todos los involucrados en la toma de decisiones.